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RINA Y YO

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La observaba desde la ventana de mi casa. Allí estaba mi vecina Rina con su cuerpo deteriorado por la edad, no queriéndolo dejar que aplastase su voluntad inigualable que arrastraba desde su juventud. Yo la conocía, desde niña había visto su increíble fuerza para luchar por la vida. Estaba parada mirando el pasto verde crecido y aunque su cuerpo se resistía al trabajo pesado tomó la cortadora de césped y comenzó a sacar la hierba en forma prolija. La seguía viendo, la vereda era ancha y el trabajo llevaría un largo tiempo. La máquina iba y venía, dejando el verdor prolijo por donde pasaba, aunque para lograr la perfección debería hacerlo varias veces. De pronto la hierba ya no era la hierba aunque Rina no lo veía. La hierba que ya se había limitado a un rectángulo de un metro sesenta de largo por unos setenta centímetros de ancho “era mi cuerpo” que yacía en una resignada posición de ejecución. De esta forma sentenciaba todo lo habido y por haber en el ser que se entregab...

Tío Luis

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Para mamá, que vive en la playa Más allá de lo inverosímil de la historia, se sentaron a discutir muy seriamente si todo lo que les había dicho papá era cierto o no. Luis pensaba que sí. Tenía siete años, pero parecía de más. Augusto pensaba que no, que no podía ser cierto, que cómo va iba a ser verdad… aunque la historia era realmente interesante, y se hubiera sentado a escucharla otras mil veces más. Augusto tenía en ese momento nueve. Esos son mis dos hermanos. Ahora que somos mayores, recordamos todos esos cuentos, aquellos veranos, allá guardados en un lugar muy privilegiado y muelle en la memoria... Porque podremos escapar de todo, de todos nuestros problemas, pero no de lo que recordamos… esas diapositivas que se repiten una y otra vez y que aparecen sin que nadie las llame. Porque somos nosotros mismos. Esas anécdotas somos nosotros y lo que somos hoy, sin más. Y con todo aquello, nuestra madre, y papá, quienes nos dieron todo este bagaje de sedimentos cerebrales que llevaremos...

Víctor, el niño del campo

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Víctor era un niño campesino que había nacido en Guaremal, en esos cerros azules que se avistaba desde el pueblo, imponentes, erguidos. Allí, tenía su familia un ranchito muy pobre, su padre, un jornalero del campo que se levantaba en las frías madrugadas para salir a labrar su conuco con su marusa debajo del brazo donde no faltaba su avío, compuesto de una arepa redonda, más grande de lo normal, rellena con un par de huevos criollos, provenientes de su gallinero que tenían en el solar; además acompañado de un jarro de café que ellos mismos molían y tostaban los sábados, después de la llegada de la ciudad, a la cual iban montados en burros con sus cargas de yuca, café en grano, auyamas, y algunas veces, maíz. También, en otras oportunidades, toda la familia bajaba por la Calle Nueva para asistir a la iglesia Santa Lucía, a escuchar la Misa dominical o en fiestas de guardar. Sótera, su madre escogía sus mejores galas y vestía a sus muchachos con su ropaje limpio y planchado, todos venía...

LA CASA

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Anoche tuve un sueño, de esos sueños vívidos que parecen verdad, en dónde tienes la duda de si estás soñando o viviéndolo en carne propia…o de esos que asustan, pero a la vez ruegas que no se te olvide cuando despiertes. Soñé que había comprado una casa y que Andrea estaba pequeña, era una casa vieja con muchos patios grandes, tenía muchos cuartos. Era vieja, muy vieja y yo me comencé a preguntar el motivo de aquella compra. El trabajo arduo que me iba a dar quitarle el aspecto de antiguo y traerla a la modernidad. La compré con muebles antiguos, llenos de polvo y recuerdo que me senté a pensar que había cometido un error. Pero ahí estaba con mi casa vieja y mi hija chiquita. Empecé a vivir entre esa antigüedad y mis dudas. Invité a mi hermana un día a que me ayudara a instalarme, para ver si con su aporte lograba la tarea imposible. Pero estando en la cocina, ocupadas lavando y limpiando Andrea me llegó con las manitos llenas de sangre y me asusté pensando que ahora sí era ...

Andrea Antonella Castro

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Triste llora en altamar la mujer del marinero. Solloza atrapada frente a las estrellas, la palma y el centurión. Haciendo el amor con el recuerdo de su esposo, que se desvaneció como la espuma marítima, como el oleaje, se aleja su amor... Las olas llevan y traen el agua a los pies de la fémina. La luna llena y el corazón vacío. Rituales folklóricos avientan la salmuera a su pelo rizado y castaño. Complementa la figura esquelética de la mujer adornada por cadavéricos recuerdos insignificantes del antier. El hoy la angustia y el mañana la suprime. Cuando las lágrimas se funden con la espuma del mar, allí encontrarás a la mujer del marinero, cerca de las estrellas reflejadas en el agua y de la luna menguante, que llora en el pacífico. Imagen tomada de Internet. Biografía:  Andrea Antonella Castro Participo con los poetas y escritores de la lozanía de las bellas artes venezolanas, ASOPEY juvenil. Nuestra presidenta Mariela Lugo.

La señora de vestidos con flores

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Era una señora muy hermosa y emperifollada, le gustaban los vestidos con flores grandes de múltiples colores que ella misma se confeccionaba, en una vieja máquina Singer, que con mucho esfuerzo pudo comprar, igualmente cosía unos trajes drapeados que le quedaban de figurín. También era aficionada a los zapatos altos, los tenía de todos los colores: blancos, negros, marrones, rosados, beige e incluso tuvo unos “Carmen Miranda” azules, que en un viaje le trajera María Antonieta Calanche, mejor conocida en el pueblo como La Calancha, dentro de su maleta de sueños y fantasía, los cuales, ella combinaba con la cartera y muy ufana salía a escuchar con mucha devoción, la Misa que daba el padre Torres, aquel cura que un buen día del año 1916 llegó de Carora. Este sacerdote era culto y muy humano, vivía con mucha humildad en aquella vieja casa cural, junto a su tía, Josefa Antonia Arapé, una señora entrada en años y de quien decían los vecinos, tenía mucho dinero. Una tarde se arregló para dar ...

El Conejo y La Ardilla

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Hubo una vez, una ardilla y un pequeño conejo. Eran los mejores amigos, un día escucharon rumores de un tesoro escondido en el corazón del bosque, como eran muy aventureros, partieron al día siguiente. Viajaron muchos días, pues el bosque era muy grande. Atravesaron muchos paisajes, siempre pensando que harían con el tesoro.  Después descansaron casi a la noche, junto a un riachuelo. A la mañana siguiente despertaron en un lugar distinto. Era un santuario con árboles y flores exóticas.  Caminaron un poco y allí había un taburete de plata, que encima tenía una caja de madera con monedas de oro. Los dos amigos se alegraron al encontrar el tesoro, de regreso, hubo un pequeño derrumbe y el conejo se lastimó una pata y rodó hasta quedar a la orilla de un barranco, al igual que el tesoro.  La ardilla tenía las dos manos ocupadas, una con el conejito y la otra con el tesoro. Hasta que respiró profundo, soltó el tesoro y subió al conejo, y dijo:  -Los amigos son más valiosos...